Día de los Abuelos en la Fundación – 26 de julio

 

El día 26 de julio se celebra en España el Día de los Abuelos.

Y por qué en este día? Porque es la festividad de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María y por tanto, los abuelos de Jesús.

En homenaje al Día de los abuelos, decidimos dedicar una semana entera a los yay@s de nuestras vidas.

Le hemos pedido a nuestros usuarios y voluntarios que nos cuenten cuales son sus recuerdos más entrañables con sus abuelos/nietos y estamos tan satisfechos con sus respuestas que no podemos dejar de compartirlas con vosotros. Son relatos llenos de cariño, admiración, amor y risas.

 

 

Los Abuelos y sus nietos

Carmen (Usuaria FAyG) y sus 3 nietos

“La vida cuando nacieron mis hijos estuve tan ocupada cuidándolos que me perdí lo mejor… Ahora los nietos me hacen recordar momentos de mi pasado y disfrutar el presente.”

 


Rosa (Usuaria FAyG) y sus 3 nietos

“Respecto a mis nietos me tienen totalmente ilusionada. Son después de mis hijas lo mejor que me ha pasado, como yo creo que nos pasa a casi todos los abuelos.
Gracias a Dios los tengo cerca a los tres y compartimos mucho con ellos mi marido y yo.
Hemos hecho bastantes viajes con ellos, pero un crucero que hicimos con los dos mayores fue una experiencia fantástica. El idioma que se hablaba en el barco era el inglés y ellos con ocho y diez años que tenían entonces ya eran bilingües y fueron nuestros traductores y luego también en Nueva York. Fue un viaje estupendo.
Con el pequeño de tres años también hemos viajado y somos felices con ellos.”

 

 

Los nietos y sus abuelos

 

Elisa (Voluntaria FAyG) y su abuelo Ignacio

“Mi abuelo paterno se llamaba Ignacio, fumaba en pipa, era de pocas palabras pero de buen humor. Cuando era muy niña me sentaba en sus rodillas y me decía muy serio que podía expulsar el humo por los ojos. Para hacerlo yo tenía que ponerle una mano en su pecho y no dejar de mirarle los ojos… así el lentamente bajaba la pipa a mi mano y yo pegaba un bote por el calor… ja ja él se partía de la risa😜.”

 


Mercedes Retana (Voluntaria FAyG) y su abuela Antonia

MI ABUELA Y LA ENFERMERA
“Mi abuela era una mujer pequeña, de pelo negro apenas salpicado por las canas y con unos ojos azules intensos, no sólo por su color, sino porque la vida se asomaba a borbotones a través de ellos. Nunca nos dejó llamarla abuela, porque decía que era muy joven, aunque cuando yo nací tenía 60 años, así que todos sus nietos la llamábamos “madre”. Su nombre era Natividad, pero como tampoco le gustaba todos la llamaban Antonia.
Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de ella era cuando le acompañaba al ambulatorio a ponerse su inyección semanal. Este recuerdo me marcó especialmente por el miedo que me daba una enfermera que había allí: llevaba en la cabeza una pequeña cofia blanca que tapaba las raíces canosas de su pelo corto teñido del color de las castañas. Su cara era alargada y angulosa, marcada por grandes pómulos que ocultaban unos ojos negros y hundidos. La nariz, grande y aguileña, parecía una roca que erosionaba la mitad de su cara. Su boca era un corte a la que sólo daba identidad la pintura que la cubría. Utilizaba un color rojo oscuro como la sangre seca, que se vertía por los pliegues que bordeaban sus labios dándole un aspecto de estar siempre fruncidos. Al sonreír mostraba una hilera descolocada de dientes amarillos entre los que brillaba un puente de oro. La cabeza parecía estar pegada a los hombros y sólo de cerca podías ver el cuello que los unía. Pero lo que de verdad le hacía distinta de las demás personas, era una montaña que le nacía en el omoplato izquierdo.
Después de que pusieran la inyección a mi abuela, buscábamos a la enfermera de la montaña en la espalda. Me agarraba con una mano y en la otra escondía un décimo de lotería: “¿se nota? Me preguntaba. Yo negaba con la cabeza. Ella sonreía satisfecha“. Cuando la encontrábamos, mi abuela se acercaba a ella y, en un gesto cariñoso, le pasaba la mano por la espalda mientras le preguntaba: “¿Qué tal está querida? Hace mucho que no nos vemos”. Hablaban unos minutos de sus respectivos males y mi abuela se despedía, no sin antes hacer que yo también me despidiese y la enfermera me pellizcase con fuerza la mejilla.
Camino de casa, mi abuela muy contenta me decía: “a ver si esta semana nos funciona la joroba y nos toca la lotería. Tengo un buen presentimiento”.
La verdad es que nunca nos tocó la lotería y con los años pude conocer más a la enfermera, que resultó ser una buena mujer.”

 


Mercedes (Voluntaria FAyG) y su abuela Ángeles 

“Mi abuela se llamaba Ángeles, era genial y muy divertida. La recuerdo como si la estuviera viendo ahora mismo, cuando salíamos a comer fuera era genial con su bolso grande del estilo de maletín de médico. La pidieras lo que la pidieras, en ese bolso había de todo. Cuando terminábamos de comer, y se pedían los cafés, ella cogía su bolso y sacaba una petaca de él, cogía el tapón y echaba el líquido y se lo tomaba, ¿ a qué ni os imagináis que era? Pues el chupito era chinchón seco, y ella muy, pero que MUY seria, nos decía: “Me lo ha mandado el médico para hacer la digestión.
Como esta anécdota tengo muchas para poder contar y recordar, fue una gran mujer, tuvo 13 hijos y se le murieron dos, a los otros los saco ella sola viuda.”

 


José (Voluntario FAyG) y sus abuelos

“Como adoptado tuve la gran oportunidad de tener más abuelos que el común de la gente, todos me adoptaban como su nieto.

Una de esas parejas, mis abuelos Gerónimo y María, originarios del mismo pueblo de mis padres, solían quedarse en nuestro apartamento en Caracas, cuando visitaban la capital, en una de esas oportunidades, mis amigos de la calle y  yo teníamos de mascota una perra abandonada, se llamaba Tomasina, están mis abuelos en casa, se acerca Tomasina a la puerta y llamo a mi abuela:
“Sra. María venga a conocer a Tomasina.”
Mi abuela se enfureció mucho, salió a la puerta a reclamarme que ella no era esa Sra. María, que ella era mi abuela y que nunca la llamara de otra forma, dentro mi abuelo Gerónimo y mis padres estaban muertos de la riza.

La segunda anécdota es con el último abuelo que me adoptó, era el abuelo materno de mi esposa, Pedro. Pues un diciembre, después de comprar los regalos de navidad para mi hija, decidimos comprarle un modelo de avión armable de los que se pintan. El abuelo Pedro tenía una habilidad manual increíble.

Envolvimos para regalo la caja del avión, y cuando fuimos a su casa, mi hija (que para entonces tenía 6 años), y yo, le dimos el regalo. Tomó la caja, inició a desenvolver con mucho cuidado. Andrea estaba casi desesperada, cuando por fin terminó de desenvolverla, soltó una sonora carcajada.
Tuvimos que esperar un rato a que terminase de reír, mientras Andrea y yo cruzábamos miradas de sorpresa de cuando en cuando. Hasta que por fin pudo hablar y nos dijo: “Ese fue el avión alemán que me derribó sobre Madrid durante la guerra civil” y continuó riendo y le dio un beso en la frente a Andrea.”

 

 

 

¡GRACIAS a todos!

¿Ser mayor o estar mayor?

¿SER MAYOR O ESTAR MAYOR?

 

En el año dedicado a las personas mayores, todos los sociólogos y psicólogos coinciden en afirmar que, al contrario de lo que se piensa, el ser mayor no es un proceso atípico ni irreal, y tampoco significa que sea malo. Es simplemente una etapa más de la vida, de la vida de cada uno y que será el resultado de la forma en que haya vivido las etapas anteriores, es decir, de cómo ha ido haciendo su propia historia. 

 

No tiene, por tanto, que se una época negativa porque se compare uno con los más jóvenes que están en plena etapa productiva. Tampoco ha de vivirse desde una perspectiva mercantil, financiera o de utilidad, sino desde una escala de valores del ser. 

Es una etapa vital que tiene otras necesidades y otras posibilidades. El hecho de que sean otras no significa que no existan. Todo el desafío consistirá en saber descubrirlas.

 

Lo que sí parece estar cada vez más claro es que ser mayor no guarda un paralelismo absoluto con el carnet de identidad. Hay muchas gente joven que sin tener proyectos claros de vida se presentan como eternos aburridos, que consumen aburrimiento y se dejan llevar por éste. Por el contrario, cuánta gente “mayor”, con ochenta y tantos años y hasta noventa y tantos, tiene un espíritu maravilloso, dispuesta a comenzar nuevas experiencias, poco apegada a lo superficial. 

 

El modelo de vejez que hemos tenido nos hacía creer que por el simple hecho de cumplir años, la persona necesariamente perdía años. Científicamente se ha demostrado que tal convicción no se ajusta plenamente a la realidad, aunque haya mucha gente que le suceda de este modo. 

Lógicamente, hay muchos mayores que viven esta etapa negativamente, debido a la pobreza, la marginación o la enfermedad. Otros lo hacen en positivo y descubren la vida. Y están los indecisos, que son los recién llegados a este tramo de su existencia, que no acaban por definirse. 

 

Para el doctor José Luis Jordana Laguna, se comienza a envejecer cuando la persona deja de moverse, de aprender, de amar o de participar. 

El envejecimiento se frena permaneciendo activo, estando informado y formándose permanentemente, promoviendo la convivencia y la integración social y participando activa, crítica y creativamente. 

Para conseguir esto es necesario querer aprender (tomar conciencia-motivación), tener recursos para ello y saber cómo y con que aprender o enseñar.

 

 

¿Que podemos hacer por los mayores?

 

Primeramente hemos de tener presente que la historia de estas personas no es nuestra historia; que su contexto no es el nuestro; que su época no fue la mía; que sus puntos de partida son muy diferentes a los nuestros.
Y, en segundo término, preguntarles de qué se sienten capaces de hacer y qué no pueden hacer; no crearles situaciones aplicables a ellos desde una perspectiva que no es la suya, y, sobre todo, llamarlos a participar en sus proyectos y en el trabajo de descubrirlos. 

 

 

Bienaventuranzas de la comprensión

 

Benditos sean
los que comprenden
mis pasos vacilantes
y mis manos temblorosas.

 

Benditos los que saben
que mis oídos van a tener hoy 
dificultades para oír.

 

Benditos los que aceptan
mis vista cansada
y mi espíritu ralentizado.

 

Benditos los que apartan
benévolos sus ojos
cuando se me cae el café del desayuno.

 

Benditos los que, sonriendo,
se paran a charlar
conmigo un momento.

 

Benditos los que nunca me dicen:
¡Es ya la segunda vez 
que me cuentas esa historia!

 

Benditos los que tienen tino
para hacerme evocar mis días felices
de otros tiempos.

 

Benditos los que hacen de mí
un ser amado,
respetado y no abandonado.

 

 

Autor: Eleuterio Romero Fonseca, 91 años, periodista y usuario de la fundación